Escritos e cartas

El fundador de El Arca es un hombre de letras en sentido amplio: escritor de libros y escritor epistolar.  Este hombre, activo y contemplativo, expresa en sus cartas esta doble vocación.  Entre su vida interior y su vida exterior encontramos un vínculo extraño  como se ve con todos los grandes fundadores de la historia.

Hélène Laberge

Helena Laberge es coeditora de la enciclopedia libre El Ágora. Junto con otros representantes de PLAN Canadá y de El Arca ha sido parte del comité editorial del grupo Philia, un proyecto canadiense encargado de formular una política social basada sobre la inclusión de los más vulnerables.



Jean Vanier es principalmente conocido como fundador de El Arca, pero ¿podríamos decir que es ante todo un hombre de letras? Sí, en varios sentidos: ha publicado una cantidad impresionante de libros y ha escrito centenas o, sin duda, miles de cartas.

Un hombre de letras

En su libro, Nuestra vida juntos, una biografía bajo la forma de correspondencia, se ha publicado un vasto repertorio de las cartas que ha escrito entre 1964 y 2007 a través de sus innumerables viajes a los países en donde El Arca fue estableciéndose  poco a poco.  La mayor parte de esta correspondencia ha estado dirigida a sus compañeros de vida en Trosly, una manera muy particular de unir a sus amigos a su propia vida estando en el extranjero y de recordarles que permanecen unidos a él, contándoles los testimonios a veces estremecedores de lo que  vivía en los países que visitaba.  Ya que Jean Vanier también es pintor, logra dibujar en estas cartas con rasgos claros y precisos, las características propias de cada país: su cultura, sus conflictos, su política, su clima, su comida.  Su mirada siempre atenta, lúcida y  transparente le permite entregarnos la realidad sin haberla transformado por sus emociones personales.

 

Un hombre de acción y de contemplación

Jean Vanier es a la vez un hombre de acción y de contemplación.  Sus cartas expresan esta doble vocación, en ellas uno encuentra un nexo, una relación que podríamos llamar rara entre su vida interior y su vida exterior, como se hace con todos los grandes fundadores de la historia.  Podríamos incluso establecer una tipología de sus cualidades, de sus talentos: Francisco de Asís, Teresa de Ávila, María de la Encarnación, Benito, la Madre Teresa, todos ellos tienen en común un ideal perfectamente encarnado en la realidad, un impulso interior humildemente fiel a las circunstancias, a los encuentros, a las inspiraciones del alma.  La metáfora del humus es aquella que nos hablaría mejor de este misterioso ideal cuyas raíces están en lo terreno de la vida.  Una vida que es un constante compartir, un salir al encuentro del otro y estar siempre atento a él.  Es la razón por la cual de entre todos los libros que Jean Vanier ha publicado y que merecerían estar aquí presentes, nos hemos querido detener en esta biografía que ha tomado la forma de una comunicación epistolar.

 

Jean Vanier cuenta con una límpida simplicidad que caracteriza su manera de escribir, la forma como creó El Arca al escoger vivir con dos personas con deficiencia intelectual.  De ninguna manera podía imaginarse que esta forma de compromiso pudiera ser una planta que echaría sus raíces en el mundo entero.  Él simplemente quiso responder a un llamado interior que casi se confundía con una llamada exterior, esa llamada discreta de su amigo el Padre Thomas, cuya presencia se mantuvo constante hasta el día de su muerte y aun después de ésta y que ha sostenido su acción.

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Acoger su humanidad

¡Haber ocupado puestos importantes en la armada naval y en diferentes universidades y luego irse a vivir a Trosly en una casa muy modesta con dos o tres deficientes intelectuales!  Como los testigos exteriores que somos, no debemos creer que este cambio radical de vida se dé automáticamente.  Delante de los deficientes mentales, uno puede volcarse instintivamente con una manera de ser y de comunicarse que de entrada puede parecer extraña.  Tenemos el sentimiento de haber sido bendecidos con genes que nos convierten en personas “normales”.  Esto es algo que sucede mas allá de toda reflexión, es un reflejo que conduce ya sea a la indiferencia hacia ellos, a la sobreprotección intempestiva  (llegando incluso a querer encerrarlos y negar sus necesidades humanas), o en el peor de los casos, a un rechazo que se expresa por el desprecio, la burla, la violencia o la exclusión.  Vivir con ellos es aprender de ellos y ésta es la experiencia constante de Jean Vanier “una sabiduría misteriosa” ya que  “las personas que son recibidas en El Arca crecen en madurez”. 4  Aprender, estar a la escucha, aceptar que se transformen en profesores que se dirigen a nuestro corazón y nos obligan a ver en nosotros mismos nuestras deficiencias y a poner al día nuestros sentimientos más profundamente  humanos es un camino doloroso.

 

Jean Vanier, el hombre de letras, ha descubierto en su vida cotidiana con estos seres una humanidad que se expresa precisamente más allá de toda racionalidad.  Ellos son quienes le han inspirado el libro Acoger su humanidad.  Aquella humanidad del otro evidentemente, pero también la propia, como lo ha escrito en Nuestra vida juntos :  “Un encuentro que libera nuevas energías y permite romper las cadenas del egoísmo y abrirse al amor hacia los otros”.  Nos lo repite de diversas formas y a través de todos sus escritos: “La inteligencia, la razón no son el único modo de expresión de las personas catalogadas como deficientes en los diferentes países”.  Deficiencia: una insuficiencia moral o física, dice el diccionario.  Curiosamente, lo contrario tiene también una connotación peyorativa: así, acusaremos a una persona arrogante de tener un aire de autosuficiencia, signo de una falta aun más grave que aquella de la persona deficiente mental ya que le quita a ése que no hace más que acariciar su propia perfección, todo sesgo de la humanidad que ha de prevalecer para que pueda llevarse a cabo la relación con el otro.

Jean Vanier nos dice que, sólo cuando aceptamos abrirnos a las personas vulnerables, cuyas cualidades del corazón son sobre todo una gran sensibilidad y una gran alegría de vivir una vez que se sienten comprendidas y escuchadas,  podemos descubrir hasta qué punto tenemos una deficiencia de esas mismas capacidades.   Es necesario entrar en su escuela y “aprender a desaprender”, según la expresión de una amiga altamente discapacitada físicamente.  Un aprendizaje que se logra únicamente por medio del retorno, evidentemente doloroso pero esencial, a las propias discapacidades e insuficiencias.

Los rostros de la compasión

Tanto los escritos como las cartas de Jean Vanier han formado a través del tiempo un tejido coherente.  Si leemos una carta escrita en 1964 o en el 2002, la trama es la misma aunque los hilos sean de diferentes colores.  He aquí una vez más la alianza íntima y subyacente entre el pensamiento y la fe del autor y sus acciones.  El nombre de Jesús sale a relucir constantemente, es su fuente de inspiración como lo fue también para su amiga la Madre Teresa.  “En El Arca no solamente somos empleados que cumplimos una función, sino hermanos y hermanas que han escuchado el llamado de Dios que nos ha invitado a vivir humildemente entre los pobres, aquellos pobres que Dios nos ha enviado”.

 

A través de su práctica del cristianismo, Jean Vanier reconoce todos los rostros de la compasión sea cual fuere su origen: budista, judío, sufí.  Ninguna religión, ninguna filosofía, ninguna forma de altruismo es excluida.  Como si existiera un vínculo secreto e interior de la compasión que se encuentra por encima de las religiones establecidas.  El Sermón de la Montaña se dirige a todos los seres humanos sin distinción, “a los pobres, a los débiles y a las personas vulnerables: los pequeños, los seres insignificantes de este mundo, aquellos que siempre han sido dejados de lado”.  Ese es el mensaje eterno, la vía hacia la perfección de la libertad interior, condición sine qua non del amor hacia el otro.  “Para ser dignos de la única libertad que vale la pena poseer, Dios nos pide una renuncia total.  Sólo renunciando completamente a sí mismo, el hombre o la mujer se encuentran de forma novedosa al servicio de todo lo que está vivo y esta nueva vida se convierte en su alegría y su reposo”. (Gandhi, citado por Jean Vanier).

Jean Vanier sabe que este compromiso no es una vía fácil y permanece sereno incluso frente a las personas más radicales de El Arca que sin duda han trabajado duro en muchos países y siempre con humildad y sin pretensiones de lograr una expansión exorbitante o universal.  Para dar un ejemplo hablemos de Bossuet que al ser nombrado obispo y ser criticado por perder el tiempo contestando cartas de una religiosa desconocida, respondía: “una sola alma es una diócesis demasiado grande para un obispo”.  Un Arca que acoge solamente a algunas personas vulnerables como lo es por ejemplo la de la India también tiene una misión invaluable.  Entonces diremos como Jean Vanier “que al interior de una comunidad de amor, el más débil, sea quien fuere, pueda encontrar su lugar y ejercer sus talentos”.

Cada persona es preciosa

En el año 2000 publicó también El gusto por la alegría “un trabajo filosófico llevado a cabo en su juventud en el cual nos invita a releer con ojos nuevos las ideas indudablemente modernas de un gran sabio de la Antigüedad como lo fue Aristóteles”.  Este filósofo no disociaba la práctica de las buenas acciones y el placer: “Toda actividad encuentra un éxito mayor si se realiza placenteramente”.  El placer le da un sentido diferente a los logros de la vida.  Jean Vanier contrapone esta concepción de la vida moral  “a las morales del jansenismo”, las cuales hacen reposar la virtud sobre el rechazo de los sentidos y de la sensibilidad.   “La insensibilidad no tiene nada de humano” dice Aristóteles en su capitulo sobre la templanza.  En El Arca, el discípulo del filósofo del equilibrio vigila cuidadosamente todas las manifestaciones vitales.  Las fiestas y las comidas son celebradas dentro de una alegría jovial, los juegos, la música, el bailes, todos los modos de expresión humana y artística son bienvenidos”.

 

Nuestra época pone el acento en la autonomía.  La respuesta de Jean Vanier a esta tendencia está en el equilibrio entre el sentido de pertenencia y la libertad:  “mucha libertad conduce a la angustia, al aislamiento y a la inseguridad; tener un sentimiento exacerbado de pertenencia o de seguridad conduce a la asfixia y a encerrarse en uno mismo” (…) “En nuestros días, el reto de El Arca es construir lugares de pertenencia fundados sobre la necesidad que tenemos los unos de los otros, lugares en donde las personas puedan crecer en este tipo de libertad (…)  y mantener el equilibrio entre el desarrollo pleno de las habilidades y la espiritualidad, es decir,  que no perdamos de vida el elemento espiritual de nuestra tarea y la idea de que cada persona es preciosa”.

Estas reflexiones resumen la inspiración que ha fundado y que mantiene la obra de Jean Vanier.



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