Camino hacia la libertad

Sin haberlo pretendido ni buscado, la vida y la obra de Jean Vanier han dado prueba de la más grande originalidad al encontrarle un verdadero sentido al sufrimiento de los niños y de las personas deficientes mentales.

Jacques Dufresne



El sufrimiento

El sufrimiento al cual Jean Vanier ha buscado dar sentido ya había sido denunciado como absurdo por Dostoievski en Los hermanos Karamazov: “Ahora que todavía puedo, me niego a aceptar esta armonía superior. Opino que vale menos que una lágrima de niño. Sí, esa armonía vale menos que esas lágrimas que no se han pagado, sí, y porque nadie nunca podrá pagar el precio que ese llanto merece no se puede hablar de armonía universal. Por el hecho mismo de que esta lágrima no podrá ser borrada del mundo, acaba ella misma con dicha armonía”.

No estoy diciendo que Jean Vanier haya intentado deliberadamente refutar a Dostoievski.   De haberlo hecho, hubiera caído en la trampa de instrumentalizar el amor cuyo sentido radica en la gratuidad.  Lo que quiero decir es que él encontró la dicha y la libertad interiores en el contacto con los niños que más sufren de entre la infancia sufriente: aquellos que tienen una doble discapacidad, tanto física como mental.

“Un día visité un hospital psiquiátrico –dice Jean Vanier, una verdadera bodega de miseria humana.  Cientos de seres humanos frágiles y vulnerables acostados en camas en medio de un silencio de muerte.  Ninguno de ellos lloraba porque cuando un niño comprende que nadie se preocupa por él, que nadie responderá a su llanto, deja de llorar.  Llorar requiere mucha energía y uno llora solamente cuando tiene la esperanza de ser escuchado”.

Dejar de llorar, no porque ya no se sufre sino porque se sufre demasiado: ni el mismo Dostoievski  llegó tan lejos al evocar el sufrimiento de los niños.  A partir de esto se desprenden los dos grandes temas del pensamiento y de la acción de Jean Vanier: el sentido de pertenencia y la angustia.

El sentido de pertenencia

El sentido de pertenencia es la posibilidad de crear un vínculo vivo con el medio ambiente, precisamente porque este último se encuentra también con vida; es el rencuentro entre el don precioso del llanto con la alegría de ser escuchado: de allí que las casas de El Arca susciten en sus habitantes el sentimiento de pertenencia sólo en la medida en que están inmersas dentro de una vasta red de relaciones vivas.  “Entre más avanzamos por el camino de la paz interior y de la integridad, el sentimiento de pertenencia se hace más grande y más profundo.  No es solamente el sentido de pertenencia (…) a una comunidad sino el saber que se pertenece al universo, a la tierra, al agua, a todo aquello que está vivo, a toda la humanidad”.

La angustia

La angustia (del latín, angustus, estrecho) es la enfermedad de un alma que está recluida en la estrechez de su nicho.  Dice Jean Vanier: “Fue hasta que empecé a recibir en El Arca a  personas que provenían de familias disfuncionales, de instituciones o de hospitales psiquiátricos que pude tomar consciencia de la intensidad del sufrimiento y del caos interior que se engendra por el agudo sentimiento de estar completamente solo y aislado del mundo.  Por  supuesto que podemos asfixiar ese sentimiento lanzándonos a la actividad desenfrenada o a buscar el éxito.  Cuando se es joven todos lo hacemos, yo mismo lo hice.  Durante la juventud tenemos la energía necesaria para realizar cosas que nos hacen sentir importantes y que nos dan la impresión de que estamos vivos, sin embargo, cuando esta etapa de la vida pasa, cuando ya no podemos estar tan activos o ser tan creativos, volvemos a darnos cuenta de ese dolor interior.  Este sufrimiento es un elemento fundamental de la naturaleza humana: podemos intentar olvidarlo o esconderlo de mil maneras, sin embargo está allí.  Esta angustia es inherente a la esencia humana ya que durante la existencia no hay nada que pueda satisfacer por completo las necesidades de nuestro corazón”.

Esta angustia se pone de manifiesto con mayor intensidad en las personas cuyo sufrimiento es mayor y que están más aisladas, por eso, entrar en comunión con ellas nos da la posibilidad de darnos cuenta de la misma fragilidad en nosotros mismos y que está generalmente oculta en el fondo de nuestro ser.  Sólo de esta forma el ser humano podrá  alcanzar el éxito en el acto filosófico por excelencia: conocerse a sí mismo, más por medio de la compasión que nos recuerda el acto del buen samaritano que por medio de una operación exclusivamente intelectual.

La libertad

El camino de Jean Vanier se entrecruza con el de Kierkegaard cuando hablan de la angustia y también sobre los caminos de la libertad.  “Camino hacia la libertad” es el titulo de una de las conferencias que Jean Vanier dio en 1998 como parte de las conferencias Massey en Radio Canadá y que fueron recopiladas en una obra titulada “Acoger nuestra humanidad”.  Jean Paul Sartre ya había dado el mismo título a una de sus novelas, y ya que Jean Vanier quiso retomarlo seguramente con conocimiento de causa, uno se pregunta si lo que quería era indicarnos que podemos relacionar a Sartre con el existencialismo cristiano cuyo precursor era Kierkegaard.

Entre la libertad según Kierkegaard y la libertad según Vanier, el parecido es impresionante.   Para ambos la angustia es una condición y un fin último que se alcanza cuando las limitaciones humanas han sido superadas al interior de la fe y gracias a  ella.  “La angustia, escribe Kierkegaard, es el lado posible de la libertad; únicamente ésta puede formar al hombre a través de la fe, despojándolo de toda su finitud y desnudándolo de toda decepción”.  Por otro lado, Jean Vanier escribe: “Nuestro corazón humano, en efecto, se encuentra en constante movimiento, lleno de una sed inmensa de plenitud e infinito.  No puede satisfacerse con lo limitado, con lo que tiene fin.  Desde sus orígenes, la humanidad busca ir más lejos, más alto, alcanzar a descubrir con mayor profundidad el sentido oculto del universo”.  Este sentido se nos revela poco a poco en la medida en que nos despojamos del poder y del prestigio que la sociedad intenta ofrecernos y esto  nos conduce a hacernos parte del universo.  Dialogar con el universo, dialogar con el otro, dialogar con uno mismo son las tres relaciones indisociables a los ojos de Jean Vanier y  al llegar a este punto, su relación íntima con Martin Buber, uno de los raros autores que él cita,  parece aun más estrecha que su relación con Kierkegaard.  “Para Buber, el inicio esta en la relación”.  Éste parte del principio de que el ser humano es esencialmente un homo dialogus, que la persona es incapaz de realizarse plenamente sin comulgar con la humanidad, con la creación y con el Creador.  El ser buberiano puede igualmente definirse como un homo religiosus, ya que el amor a la humanidad conduce al amor a Dios y recíprocamente.  La presencia divina participa en todo encuentro auténtico entre los seres humanos y ésta  habita, además, a  todos aquellos que se arriesgan a establecer un diálogo verdadero: “Lo celestial y lo terrestre están ligados lo uno con lo otro.  La palabra de aquel que desea hablar con el ser humano sin hablar con Dios, no puede nunca llegar a concretizarse, de la misma manera que la palabra de aquel que desea hablar con Dios sin hablar con el hombre se pierde”.  Comprender a Buber es comprender a Jean Vanier.

La felicidad

El hecho de que Jean Vanier haya sabido dar al placer un lugar primordial en su concepción de la felicidad nos impide decir que su propuesta implica que haya que complacerse con el sufrimiento, impensable además en una vida como la suya. Siguiendo también las trazas de Aristóteles se evita así otra posible trampa: aquella del dualismo cuerpo-espíritu.  Escuchar a las personas, tocar su realidad, empezando por el cuerpo físico, serán sus grandes preocupaciones.  La unión sustancial del alma y del cuerpo está en la concepción del hombre de Aristóteles y de Santo Tomas. Jean Vanier no podía dejar de adherirse a sus ideas, interesado como está en la Encarnación.  “No hay nada en la inteligencia que no haya pasado primero por los sentidos”.  Luego irá aun mas lejos en la importancia que da a los sentidos hasta llegar a hablar del cuerpo como si incluyera el alma.  Tanto al escucharlo como al leerlo, uno llega a cuestionarse sobre la influencia que Nietzsche ha tenido sobre él; no el Nietzsche que despreciaba a los débiles, lo último que haría Jean Vanier, sino aquel Nietzsche que supo elogiar la sabiduría del cuerpo  y que decía que “hay mas sabiduría en tu cuerpo que en tu filosofía más profunda” y que escribía pensamientos tales como: “que vuestro amor se convierta en compasión (Mitleiden) por los dioses que sufren”.

“La insensibilidad no tiene nada de humano” dice Jean Vanier a propósito de la templanza.  Una llamada de atención que podría pasar por banal en otro contexto, pero que en el contexto de la sociedad humana actual, marcado por la indiferencia y el aislamiento personal ante los otros, se vuelve una indicación preciosa: “Aquel que no experimenta placer practicando buenas acciones, no es un hombre verdaderamente bueno”.



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