Una presencia fuera de lo común

Además de ser un profesor y un amigo humilde, Jean es un modelo a seguir y que nos inspira a través de la forma en que se pasa la vida amando a cada persona tal y como es, con sus fuerzas y sus debilidades, revelándonos de esta manera nuestra propia capacidad de amar.

Martha Bala



Un amigo humilde

¿Cómo traducir la esencia de este hombre que es un gigante en todos los sentidos?  Un ser que es capaz de tocar directamente nuestra más profunda vulnerabilidad y que lo hace al mismo tiempo con apertura y compasión pero sin escrúpulos  ¿Cómo lo logra sin que nos sintamos amenazados y sin que nuestro ser interior se repliegue sobre sí mismo lleno de temor?  ¿Cómo hace para que las personas de todas las edades, colores, culturas, razas, orígenes, nacionalidades y creencias se sientan tocadas y atraídas por él y, al mismo tiempo amigos cercanos y  perfectamente comprendidos?

Lleno de humildad y de una inmensa ternura, Jean Vanier sabe llegar al corazón de todas las personas y de esta forma logra que éste se despoje de su dureza.  Su capacidad de estar presente delante de la herida que cada uno pueda llevar secretamente en su interior es fruto de una vida entera de oración constante.  Muchas horas de escucha atenta y paciente han refinado aun más este don: su capacidad de escuchar el grito de los rechazados y de los que no tienen voz y constatar así el dolor en la vida de tantas personas gracias a haber escuchado las aspiraciones de su propio corazón y a la inmensa ternura que reconoce en Jesús, que es su fuente original de inspiración.

En  efecto,  no se puede negar que Jean Vanier ha tomado a Jesús en serio; no al Jesús de los dogmas y de los rituales de la Iglesia, sino al que vive, respira y camina a nuestro lado y de quien él ha querido aceptar la invitación que nos ha sido hecha a todos: “Vengan y vean”.  La invitación que Jesús hace de caminar con Él hacia Dios, nos la hace a todos y todas sin importar nuestras creencias ni nuestras concepciones acerca de este último y Jean es capaz de percibir la chispa divina que habita en el centro mismo de cada uno de nosotros y desea revelárnosla y alimentarla.

Esta presencia de Dios se adivina en Jean y casi es posible tocarla: la sentimos a través de su voz cuando nos llama por nuestro nombre, cuando nos da la mano o cuando nos ve con su mirada penetrante y meditativa, la misma que ofrece a todos los que le conocen; la percibimos también a través de su fidelidad a la oración.  Es un hombre práctico, anclado en lo concreto; disciplinado en sus momentos solitarios de estudio, de reflexión, de escritura y, a medida que su edad avanza, también de reposo.  Advertimos en él la autenticidad de un hombre cuya vida transparenta la armonía entre sus palabras y su fe, cualidades que explican la atracción real que Jean Vanier ejerce sobre los más jóvenes, cansados de seguir héroes vacíos y modelos carentes de sustancia.

Un amigo fiel

La fidelidad de Jean se dirige principalmente hacia los hombres y mujeres que son recibidos y acogidos en El Arca y aun más particularmente hacia aquellos con los que comparte su hogar y su mesa.  Está apasionadamente comprometido con la lucha por la dignidad y los derechos de las personas deficientes intelectuales a través del mundo entero.  Desde hace cuarenta y siete años Jean vive este compromiso día a día a través de sus encuentros, sus actividades, su trabajo y también de sus actividades recreativas.

Como el amigo fiel que es, Jean no olvida ni el nombre ni la historia de aquellos con quienes ha entrado en contacto.  Su directorio personal está lleno de nombres de personas  con quienes mantiene una relación epistolar desde hace décadas.  Sus “cartas” personales, redactadas con muchísimo cuidado a veces en pedacitos de papel difícilmente legibles, llenan de tibieza el corazón del destinatario.  Es su manera de intentar estar siempre presente para sus amigos, particularmente si éstos atraviesan períodos particularmente difíciles.

Jean siempre deja una huella en la vida de las personas: cuando se encuentra por primera vez en un grupo de personas desconocidas,  se acerca humildemente con el propósito claro de crear un vínculo y, en seguida, hace una pregunta confiando totalmente en la otra persona aunque de antemano sepa la respuesta, ya que su finalidad es siempre la de establecer un primer contacto y permitir  que el otro se convierta en su maestro. Otras veces se aproxima al desconocido pidiéndole ayuda.  Durante las comidas busca a su alrededor a las personas más invisibles para poder incluirlas, por ejemplo, pidiéndoles agua o que le sirvan algo más de comer o incluso simplemente preguntándoles cómo les ha ido ese día.  Jean está perfectamente consciente del placer que provocan la risa y la celebración y trabaja incesantemente para suscitarlas.  No importa si somos unos simples extraños a quienes él ha encontrado después de una discusión pública o viejos amigos, estar a solas con él, nos convierte indudablemente en sujetos de su atención total y plena.

Un pacifista

Siempre realista, su constante apertura le permite ser profundamente transformado por las experiencias que ha vivido.  Acepta con límpida humildad sus propias fuerzas y debilidades y alienta a los demás a hacer lo mismo.  Su búsqueda constante es tratar de comprender lo que puede hacerse en vez de dejarse abatir por las dificultades; así, Jean invita a las personas a ir más allá de sí mismos y a arriesgarse a llegar hasta donde no se atreverían a ir solos.  Sabe dar confianza a sus compañeros y siempre está dispuesto a recibir de ellos su ayuda y sus ideas.

El alma de Jean es la de un pacifista.  Cuando ha sido víctima de violencia verbal o física, su respuesta siempre ha sido: “ofrecer la otra mejilla”. Algo así le sucedió después de una discusión en una cárcel. Uno de los reclusos le gritó que no era más que otro cristiano de buena consciencia y que no tenía ni la más mínima idea de lo que vivían los prisioneros.  La respuesta de Jean fue de tal respeto que minutos después ese hombre se acercó a agradecerle.  Jean le hizo algunas preguntas sobre su esposa y, acto seguido, el recluso se deshizo en lágrimas.

Jean es siempre un hermano para todos los  que viven con él y, como todo el mundo, a veces está cansado o puede ser impaciente.  Cuando un entrevistador le ha preguntado qué respondería a aquellos que lo ven como un santo, su respuesta ha sido simple: “No me conocen”.

Jean es un hombre modelo, un profesor y un amigo humilde que nos inspira a todos amándonos tal y como somos, con nuestras fuerzas y nuestras debilidades y revelándonos nuestra propia capacidad de amar.



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