Con la Madre Teresa

La Madre Teresa siempre dijo que fue en septiembre de 1946 cuando fundó la congregación de las Hermanas Misioneras de la Caridad. Tenía entonces treinta y seis años de edad.  Casi veinte años después, en 1964, Jean Vanier fundaba la primera casa de El Arca también a los treinta y seis años.

Sue Mosteller



Estos dos seres, portadores de cualidades humanas excepcionalmente bellas y profundas, trataron siempre de ser un sostén el uno para el otro apoyando sus misiones respectivas dejándose siempre ser inspirados por Dios y por los pobres del mundo entero.

Esta amistad se enraizó en el Espíritu.

Era casi una locura creer, como lo hizo la Madre Teresa, que era posible aliviar aunque fuera un poco los innombrables sufrimientos de los habitantes de Calcuta, siendo ella misma extranjera en la India.

De parte de Jean Vanier, también fue toda una locura abandonar una carrera promisoria a la cual se había consagrado durante tantos años estudiando filosofía y teología e irse a vivir con personas con discapacidad intelectual y hacerlo además bajo una situación extremadamente angustiante.

¡No es difícil imaginar cómo estas dos personas igualmente valientes  y con la misma “locura espiritual”  se hicieron amigos!

En respuesta a la invitación de Jean Vanier, la Madre Teresa visitaba las comunidades de El Arca y contaba las historias de las personas sin amigos y sin  bienes materiales y, que en un estado de suciedad repugnante, agonizaban en las calles de Calcuta ante la mirada indiferente de la sociedad que los había rechazado.  Los miembros de El Arca, a su vez, eran recibidos en sus conventos y misiones a través del mundo entero y siempre  encontraban allí la inspiración que necesitaban para continuar viviendo cotidianamente su compromiso con las personas con deficiencia intelectual.  La Madre Teresa les hacía ver la belleza y los dones preciosos que los pobres y los moribundos tienen para ofrecer y así los visitantes de El Arca eran testigos de cómo un gran número de esos pobres, privados de todo bien material y sin familia alguna, partían de este mundo completamente transfigurados por el amor de las Hermanas de la Caridad que los lavaban, les curaban sus heridas y los rodeaban de lo que en ese momento era lo más preciado: tener una muerte en completa dignidad.

A su vez, la Madre Teresa le pidió también a Jean que se reuniera con las Hermanas de la Caridad y con sus colaboradores y, animado siempre por su amiga, Jean Vanier se encontró con cientos de ellos en muchos países y pudo compartirles su amor por Jesús y por sus compañeros de El Arca, abriéndoles una puerta nueva hacia el universo de las personas con deficiencia intelectual y mostrándoles que el sufrimiento más grande no es padecer la deficiencia intelectual sino el hecho de estar marginalizados, de ser ridiculizados y tratados con desprecio, de que se les haga a un lado ignorando sus magníficos dones de espontaneidad, de acogida y de amor.  Jean les decía que transformando este comportamiento de rechazo en uno de apertura de corazón y de respeto muto hacia esos seres pobres y vulnerables, les permitimos convertirse en nuestros maestros a lo largo del camino hacia el encuentro de nuestra propia humanidad.

Fue así como esta amistad, lejos de haberse replegado sobre sí misma, pudo impactar a millones de seres humanos en los cinco continentes.  Los dos amigos se convirtieron en personas célebres aunque siguieron siendo siempre humildes, dedicados a su obra y abiertos al amor que transforma.  Permanecieron fieles a su misión, al igual que todos aquellos que tuvieron la dicha de ser partícipes de su vida, porque compartían entre sí los secretos de un amor que les daba las gracias necesarias para seguir caminando por el sendero de la verdadera humanidad.



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