Exposición de Jean Vanier:

“Transformar nuestros corazones” | Conferencia de prensa del premio Templeton, British Academy, Londres, 11 de marzo de 2015

 

Antes que nada, deseo darle las gracias a usted, Jennifer Simpson, y a su padre, Dr. John M. Templeton Jr., así como a todos los que trabajan con usted, particularmente a los jueces, por el magnífico premio que me otorgaron.

Me gustaría agradecer de manera especial a todos los que represento en este lugar, las personas con discapacidad intelectual de El Arca y Fe y Luz. Me han dado tanto a lo largo de los últimos 50 años. Me han enseñado más que todos esos maestros y profesores de las escuelas y las universidades a las que he asistido. Me han mostrado lo que significa ser humano y la forma de transformar nuestras sociedades para que sean más pacíficas y unidas.

Nuestro mundo evoluciona rápidamente y, actualmente, se encuentra en un punto crítico. O avanzamos juntos hacia una mayor integración, con sinceridad, fraternidad y respeto mutuo, o las divisiones que existen se convertirán en terribles fuerzas de miedo y odio, lo que estimulará los conflictos, el terrorismo e incluso el recurso a las armas nucleares. Cada uno de esos elementos representa una forma de suicidio para la humanidad.

Un cambio hacia la paz comienza. La horrorosa era de la esclavitud, en la que seres humanos eran traídos de manera cruel de África a América, desapareció hace tiempo. Desgraciadamente, todavía existen otras formas de esclavitud, como la prostitución y el tráfico sexual. Aquélla era dejó secuelas: el apartheid y otras formas de racismo que persisten en nuestros días. Gracias a Dios, los africanos, así como los indígenas de Canadá y otros países, ya no son considerados como “salvajes”, sino como personas dignas con tradiciones sagradas que podrían beneficiar a la humanidad.

También hay un cambio relacionado con la manera en la que se mira a las personas con discapacidades. Durante mucho tiempo, estas maravillosas personas eran vistas como “errores”, o bien, como el fruto del pecado cometido por sus padres o antepasados. Por ejemplo, según el Evangelio de Juan, los discípulos de Jesús le preguntan porque nació un hombre ciego. ¿Nació ciego por sus pecados o por los pecados de sus padres? La idea a propósito de que las personas con discapacidades son el fruto del pecado cometido por los antepasados todavía subsiste en algunos aspectos de las religiones. Tradicionalmente, se escondía a los niños que nacían con discapacidades en grandes instituciones, en países pobres desprovistos de instituciones y en los armarios de sus casas o se les explotaba como mendigos en las calles. Eran vistos apenas como humanos, como la vergüenza y el deshonor de sus padres. Se les humillaba y rechazaba tremendamente. Hoy descubrimos que estas personas poseen una riqueza de cualidades humanas y son capaces de cambiar los corazones de quienes están atrapados en la cultura de la ambición y el poder.

Además, hay un cambio respecto al descubrimiento de las cualidades de una persona, ocultas debajo de sus capacidades de conocimientos y poder. El valor de los seres humanos residía muy frecuentemente en las cualidades de fortaleza, competencia, eficiencia y conocimientos. Afortunadamente, en ocasiones, dichas cualidades estaban también asociadas a valores como la honestidad y la integridad. Países, grupos y personas luchaban más o menos para ganar y ser los mejores; tener más y hacer más. Se aplaudía a generales y políticos, se esculpían monumentos en su honor y se nombraban calles como ellos. El poder y la competencia definían la identidad de las personas.

El cambio se produce gradualmente, como una semillita en la tierra fértil, una semillita de

paz. Todo un mundo de conocimientos psicológicos nos ha ayudado a darnos cuenta cómo es posible manipular a las personas usando su sed inconsciente de triunfo, así como sus impulsos fundados en el temor a perder y no estar a la altura. Las personas pueden entregarse a ideologías que las alejan de experiencias y de la realidad.

La paz universal sólo puede consumarse si desarrollamos y despertamos esas cualidades propias del ser humano, escondidas debajo de necesidades más superficiales de poder y éxito, lo que nos lleva a aceptar la realidad. Dichas cualidades están asociadas al corazón, a la capacidad de amar las personas, de respetarlas profundamente, de vivir relaciones auténticas con los demás, de anhelar la verdad y la justicia dentro de la gran familia de la humanidad. Además de las cualidades de humildad, perdón y compasión hacia los débiles y los necesitados; en suma, se trata de la búsqueda de la sabiduría del corazón.

Entre otras cosas, se han logrado grandes avances, ya que la gente de diversas religiones comienza a encontrarse. En 1986, todos los líderes religiosos del mundo se reunieron en Asís, en Italia, gracias a la inspiración y la invitación del Papa Juan Pablo II. Se creó una nueva visión que permitió abrir la vía a la colaboración en aras de la paz. Quiénes luchaban entre sí desde hace mucho tiempo debido a asuntos religiosos, comenzaron a encontrarse y a escucharse. No es sólo una cuestión de diálogo entre religiones, sino, básicamente, el encuentro de gente de diferentes religiones. Con esta sabiduría, se aprende a verse como seres humanos. Los horrores de Auschwitz y la bomba atómica en Hiroshima fueron una llamada de alerta. No más guerra, es el clamor. Basta de tratar a la gente como demonios o de apartarlos como si carecieran de valores. Debemos comenzar a encontrarnos: la gente debe conocerse; todos somos seres humanos. Antes que cristianos, judíos o musulmanes, antes que estadounidenses, rusos o africanos, antes que generales, sacerdotes, rabinos o imanes, antes que personas con discapacidades visibles o invisibles, somos seres humanos con corazones capaces de amar.

Aquí quiero hablar de lo que hemos aprendido en El Arca y Fe y Luz. Como sabemos, las personas con discapacidad intelectual no pueden desempeñar papeles de poder y eficacia. Son esencialmente personas de corazón. Al encontrarse con los demás, no tienen una agenda escondida con intenciones de poder o ambición. Su clamor, básicamente, es un llamado para establecer una relación, un encuentro de corazón a

corazón. Este encuentro los despierta, abre sus horizontes y los incita a amar en toda sencillez, libertad y franqueza. Al encontrarse estos valores inculcados con la cultura de ambición y éxito individual, y establecerse una relación, algo asombroso y maravilloso ocurre. Las personas están abiertas para recibir el mensaje de amor e incluso de Dios. Han cambiado profundamente. Se han transformado y ahora son básicamente más humanos.

Voy a hablarles de Pauline. Llegó a nuestra comunidad en 1970, hemipléjica, epiléptica, con una pierna y un brazo paralizados, llena de violencia y odio. La vida con ella en una de nuestras casas pequeñas no era fácil. Nuestro psiquiatra nos proporcionó una buena perspectiva, además de consejos: su violencia era un llamado de amistad. Humillada durante mucho tiempo, era vista ni siquiera como humana, desprovista de valor, discapacitada. Lo importante fue que los empleados se tomaron el tiempo para estar con ella, escucharla y mostrarle su aprecio. Poco a poco evolucionó, se volvió más pacífica y correspondió al amor que le brindaron. Su violencia desapareció. A ella no le gustaba precisamente trabajar en nuestros talleres, pero adoraba cantar y bailar. Yo solía visitarla cuando estaba un poco mayor. A veces posaba su brazo sobre mi cabeza y pronunciaba: “Pobre viejo”. Toma mucho tiempo pasar de la violencia a la ternura. Los empleados que la consideraban primero como una persona difícil, comenzaron a descubrir lo que estaba detrás de su violencia y sus discapacidades. Ellos también comenzaron a cambiar. Ellos descubrieron que para una a persona, el crecimiento no significaba ante todo subir la escalera del poder y el éxito, sino aprender a conocer las personas tal como son. El amor, en las palabras de San Pablo, significa ser paciente, servir, aguantar todo, creer todo y confiar plenamente.

¿No es fundamental transformar la cultura de la ambición, tan común en nuestras sociedades actuales? En la cultura de la ambición, pocos ganan y muchos pierden. Se discrimina a quiénes no ganan y, rápidamente, la sociedad se divide. En un lado están quiénes ganan y producen dinero y bienes y, en el otro, quiénes necesitan cuidados. Hay una enorme grieta entre ganadores y perdedores, entre los supuestos normales y los supuestos anormales, entre los ricos y los pobres.

Las dificultades sociales se vuelven inmensas. Los ganadores deben cuidar, en todos los

aspectos y, sobre todo, financieramente, a todos los perdedores. Con los avances médicos, hay más gente frágil, el tiempo de vida se alarga, y el número de perdedores aumenta. Muchos jóvenes, desilusionados respecto a sociedades construidas para los ganadores, consumen drogas y alcohol debido a su sensación de fracaso. Así que existe un gran número de personas de todas edades, aptitudes y discapacidades necesitadas, y pocos ganadores dispuestos a ayudarlas. Con gran celeridad, algunos hablan de eliminar los más débiles para solucionar los problemas. Corremos el riesgo de avanzar hacia la adopción de la filosofía de la raza perfecta, en lugar de aceptar a los pobres y los débiles entre nosotros, quiénes nos transforman.

Para alcanzar la paz, las personas deben encontrarse por encima de sus diferencias. Es decir, es importante conocer a las personas, no sólo enviarles dinero y ofrecerles mejores especialistas. Todo debe cambiar. Las actitudes medrosas deben convertirse en actitudes receptivas. Los afortunados deben cambiar y abrir sus corazones a los que están del otro lado. Los necesitados también deben cambiar; de la ira, la angustia, la depresión y el sentimiento de ser víctimas de la sociedad, deben pasar a actuar como mensajeros de la esperanza y el amor. Deben estar atentos al llamado del amor.

Sólo cuando nos encontramos y compartimos momentos en persona, frente a frente, de corazón a corazón, descubrimos lo que significa ser humanos y la alegría de estar juntos, trabajando hacia una misión común de paz y unidad. Sólo alejándonos de la ambición y la soledad y acercándonos a la colaboración, de la hostilidad a ver a nuestros enemigos como amigos, descubrimos el verdadero sentido de la paz.

El Arca y Fe y Luz son como un inmenso laboratorio. Son lugares para cerrar las grietas y sanar los corazones, donde todos se vuelven más humanos. Ahora, existen otras formas de construir comunidades, como la nuestra, en la que personas necesitadas viven con otras personas de la supuesta sociedad normal. También hay comunidades de gente que vivía en la calle y ahora reside en departamentos con voluntarios que desean vivir con ellos; lo mismo sucede con los enfermos mentales, con los ancianos y quiénes padecen Alzheimer, así como con hombres y mujeres que salen de prisión y buscan la rehabilitación.

En todas estas comunidades, no sólo es importante contar con buenos especialistas y hacer cosas para los necesitados. Tampoco se puede ayudar a estas personas sólo con bienes materiales o nueva tecnología, aunque todo lo anterior es útil, las personas sanan y se vuelven más humanas al establecer relaciones auténticas con los demás. Entonces descubren que detrás de todos esos sentimientos de tensión, rechazo y humillación, son alguien. Los necesitados y todos los que corren en su ayuda sanan; todos juntos se vuelven más humanos. Nuestra sociedad se vuelve verdaderamente más humana cuando descubrimos que los fuertes necesitan a los débiles, tanto como los débiles necesitan a los fuertes. Todos estamos juntos trabajando por el bien común.

Mi sueño, gracias a este espléndido premio que me otorgaron, y por ende a El Arca y Fe y Luz, es crear espacios y ocasiones para llevar a cabo dichas reuniones, que ayudan a transformar nuestros corazones. Se trata de lugares donde los que están atrapados en el mundo del éxito y de la normalidad, y los necesitados, que también son maestros del amor y de la sencillez, se juntan. Son lugares en los que pueden compartir, comer juntos, reír y celebrar juntos, llorar y orar juntos; aquí los corazones de quienes ostentan el poder en nuestra sociedad pueden fundirse y ablandarse; y donde todos juntos pueden convertirse en un signo de paz.

Que la paz y el amor los acompañen.



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